Cantabria en la Edad Media
La Época Medieval es quizá la más compleja de todas las
épocas históricas debido a su amplitud temporal (siglos V al
XV), que hace imposible establecer criterios homogéneos a lo largo
de todo el periodo.
Podemos comenzar indicando que la primera parte del Medievo , la comprendida
entre los siglos V y VIII es prácticamente desconocida en Cantabria,
debido a la escasez de documentación. Ya desde el siglo VI se conformó
el Ducado de Cantabria, sometido formalmente al Reino Visigodo de Toledo,
aunque la escasa información que se conserva nos impide saber el grado
de integración real de Cantabria en el Estado visigodo.
A principios del siglo VIII el reino visigodo se desintegra ante la invasión
musulmana de la Península, refugiándose en el territorio cántabro
parte de la nobleza visigoda huida de Toledo. Se organiza desde Cantabria
una débil resistencia encabezada por Alfonso, hijo del duque Pedro
de Cantabria, que más tarde se casó con la hija del caudillo
astur Pelayo, convirtiéndose en virtud de esa alianza matrimonial en
el primer rey astur, Alfonso I.
Desde entonces el territorio cántabro evolucionó paralelamente
al Reino Astur, en el que quedó integrado, pasando posteriormente a
formar parte del Reino Astur-leones, Condado de Castilla y, finalmente, quedará
integrada en el Reino de Castilla durante toda la Edad Media.
Durante la Edad Media se perdió la denominación histórica
de Cantabria, apareciendo el término La Montaña que se mantendrá
como principal denominación para la región hasta prácticamente
el siglo XX.
El territorio de La Montaña aparecía definido por grandes comarcas
históricas de origen medieval como las Asturias de Santillana, Valderredible,
Campoo, Liébana o Trasmiera. Estas demarcaciones constituyen la base
de la organización en merindades, unidades administrativas del Reino
de Castilla para la gestión monárquica. Pero serán los
pequeños valles los que protagonicen realmente la vida en la Cantabria
medieval.
Durante los primeros siglos de la Edad Media las zonas con mayor densidad
de población fueron las laderas medias de los valles, pero cuando fue
disminuyendo el miedo a los normandos y a los musulmanes se produjo un progresivo
trasvase de población desde esos valles medios hacia las zonas costeras,
proceso que culmina en torno al siglo XII.
Prácticamente todo el periodo medieval estuvo dominado en la Región
por un fuerte componente rural, que se imponía a la débil trama
“urbana” formada por las villas dotadas de fueros que ejercían
un cierto dominio político y económico sobre sus comarcas. La
concesión de los fueros se debió al rey Alfonso VIII de Castilla,
que perseguía un doble objetivo: fortalecer las fronteras marítimas
de su reino y al mismo tiempo desarrollar el comercio castellano con los reinos
europeos de la fachada atlántica. Las cuatro villas elegidas fueron
Castro Urdiales (1173), Laredo (1200), Santander (1187) y San Vicente de la
Barquera (1210). La concesión del fuero legal suponía el reconocimiento
de ciertos privilegios y derechos a las villas y sus habitantes.
La concesión de este estatus privilegiado a las cuatro villas marítimas
potenció el ya mencionado trasvase de población desde los valles
medios del interior a la zona costera de la región, lo que favoreció
el desarrollo de actividades relacionadas con el mar como la pesca y el comercio.
El desarrollo marítimo de la Región fue tan importante que llevó
a los marinos cántabros a faenar desde las pesquerías de Irlanda
hasta las de Berbería, o a practicar actividades corsarias en Inglaterra.
Las naves de as villas marineras de Cantabria también tuvieron una
participación destacada en la armada castellana, como lo demuestran
los avances de la Reconquista en el siglo XIII con la toma de puertos como
Cartagena, Cádiz, Sevilla o Sanlúcar.
La relación entre la pujante franja costera del territorio cántabro
y los valles interiores de la Región se hizo a través de los
principales linajes de la época, que establecieron alianzas sociales
o económicas entre sus solares de origen en el interior y las florecientes
villas costeras. A su vez estos linajes locales mantenían relaciones
de dependencia o de parentesco con los grandes nobles castellanos.