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Cantabria en la Edad Moderna

La Montaña era uno de los términos que en los siglos XVI y XVII se usaban para referirse al actual territorio cántabro. También se hablaba de “las Montañas Bajas de Burgos”, “de peñas al mar” o “de peñas a Castilla”. Se trataba de un territorio altamente heterogéneo desde el punto de vista administrativo o jurisdiccional. La unidad básica de sociabilidad que percibía la gente de la época era el valle, su valle. La difícil orografía cántabra y las malas comunicaciones hicieron de esa unidad geográfica el epicentro de las relaciones sociales y políticas.

Cada valle tenía una atomización interna a través de los barrios y los concejos en los que participaba directamente el vecindario, sin que por ello deban entenderse como órganos democráticos de gobierno, dado que estaban sometidos a las presiones de los poderosos locales. Desde la óptica contraria a esta atomización, varios valles podían coaligarse y formar una mancomunidad para la gestión de pastos comunes o para el aprovechamiento forestal.

Por encima de los múltiples valles y las posibles alianzas o mancomunidades entre ellos se situaban los dos principales entramados jurídico-administrativos de la región: los corregimientos de las Cuatro Villas y de Reinosa.

La población estaba volcada mayoritariamente a la fachada marítima de la actual Cantabria, zona que se beneficiaba del empuje de las actividades portuarias (pesca y comercio). Al final del periodo del que se ocupa este epígrafe (hacia 1787) la población de los principales núcleos de población era la siguiente: Santander, ya convertida en ciudad y sede de obispado, 4.573 habitantes; Laredo, 2.507; Castro Urdiales, 2.243; Reinosa, 1.571; Santoña, 1.063; San Vicente de la Barquera, 1.029; Potes, 852; Cabezón de la Sal, 743; etc. Vemos, por tanto, que los tres núcleos de interior (Reinosa, Potes y Cabezón de la Sal) no estaban en 1787, ni lo estuvieron en ningún momento a lo largo del periodo, de disputar la hegemonía demográfica a las villas costeras.

En el territorio cántabro convivían tierras de realengo, dependientes directamente de la autoridad real, y tierras de señorío, sometidas a la jurisdicción de algún noble. En ambos casos existía la figura del corregidor: nombrado por el rey en las Cuatro Villas y en Reinosa, con funciones de gobierno, milicia y control del contrabando; o nombrados por los nobles en Liébana, La Vega y Honor de Miengo, Soba, Ruesga y Trucios, con funciones más limitados que en el caso anterior (administrar justicia civil y criminal en 1ª instancia).

Los corregidores cohesionaban los diferentes valles y eran un elemento de comunicación con la administración superior. Pero pese a esa relativa y superficial cohesión administrativa, el localismo de valles y aldeas impuso su significado de comunidad cerrada, inmóvil, patriarcal.

Dentro del territorio cántabro existía una débil articulación urbana en la que podríamos señalar la ausencia de ciudades, aunque esto pueda parecer un contrasentido. En el siglo XVI había varios núcleos destacados: las Cuatro Villas de la Costa de la Mar (San Vicente de la Barquera, Santander, Laredo y Castro Urdiales), Santillana del Mar, Potes y Reinosa. Estas villas, pese a su debilidad demográfica (menos de 5000 habitantes) cumplían funciones típicamente urbanas: centros de poder político, judicial, administrativo, también ejercieron un dominio económico sobre sus hinterland a través de sus mercados. También tenían otra característica urbana: una mayor complejidad social, así como una relativa diversificación con respecto al ámbito más estrictamente rural.

Todos estos núcleos “urbanos” de la Montaña tuvieron un notable crecimiento a lo largo del siglo XVI gracias al comercio marítimo y la pesca (Villas costeras) o al comercio local e interregional (Potes, Santillana del Mar y Reinosa). Pero la peste que asoló la Cornisa Cantábrica a finales del siglo (1596-1599) acabó con ese crecimiento y abrió un largo periodo de deterioro demográfico en la región.

Fue en este periodo histórico, pero sobre todo a lo largo del siglo XVIII, cuando Santander se erigió en cabeza de las Cuatro Villas y en el principal núcleo de la Región, especialmente tras la creación del Obispado de Santander en 1754 y la posterior concesión del título de ciudad a la hasta entonces villa marinera y comercial. El nuevo rango le concedió una ventaja con respecto al resto de núcleos regionales en la lucha por la capitalidad de la Región que se desato a finales del siglo XVIII y en el primer tercio del siglo XIX. Así, cuando en 1833 se creó la provincia de Santander de la mano de Javier de Burgos fue Santander la elegida como capital.

En Cantabria existía el mito de la hidalguía universal, esto es, la inmensa mayoría de la población se reconocía hidalga, lo que en la realidad devaluaba el propio significado que esa condición tenía. Por eso se distinguió una nobleza local por encima del resto de población hidalga: los infanzones. Aunque no equiparables a la gran nobleza, ejercían una gran influencia en amplias comarcas de la región gracias a su inclusión en los cuadros de la alta administración, de la Iglesia o a su manejo de las redes económicas y comerciales de la Región.

La organización estamental de la sociedad, en función de la condición, el privilegio y el honor, estaba mediatizada en el caso cántabro por esa noción de la hidalguía universal, lo que hacía del patrimonio la piedra angular de la estructura social en la Región.


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