Entre los restos de mitos que aún persisten como sustrato en la tradición cántabra se encuentran el culto a las grandes divinidades protectoras como es la adoración al Sol, como queda atestiguado en las estelas cántabras encontradas.
En relación con el culto al fuego (las hogueras de San Juan pudieran ser una reminiscencia). Así mismo se idolatra a una divinidad-padre suprema (en Herrera de Camargo se descubrió una bella escultura de bronce que le rendía culto) que en época romana se asocia con Júpiter y el culto solar y posteriormente con el Dios cristiano.
Adjunto al marcado carácter guerrero de los cántabros aparece un dios de
la guerra, posteriormente identificado como el Marte romano, al que se le
ofrecían sacrificios de machos cabríos, caballos y prisioneros en gran número,
según señala Estrabón. Unido a este aparecen las diosas-madres germinadoras
vinculadas a la Luna con evocaciones casi hasta el presente en la que hasta
hoy en día posee un clara influencia en el medio rural en las fases de siembra
y recogida de cultivos.
Del mismo modo el culto a un dios del mar fue asimilado en épocas romanas
a través del dios Neptuno (una estatuilla de esta deidad pero con rasgos
de la divinidad cántabra original fue encontrada en Castro Urdiales).
Estos antiguos cántabros creían en la inmortalidad del espíritu. Así lo
demostraban en sus ritos funerarios donde predominaba la cremación, a excepción
de aquellos que morían en combate, que debían de reposar en el campo de
batalla hasta que los buitres abrieran sus entrañas para llevarse al cielo
su alma. Esta práctica queda atestiguada en los grabados de la Estela de
Zurita.